Mensajes escritos con sangre

(Artículo publicado originalmente en la revista Nuestro Tiempo de la 
Universidad de Navarra)

Sentados en el campus de la universidad no se oyen disparos a lo lejos, nuestra existencia se marchita plácidamente, podemos estudiar, con un poco de suerte tenemos trabajo y gracias a Dios dormimos bajo un techo, en una familia y con algo que llevarnos a la boca.

Algunos tenemos el atrevimiento, o la desvergüenza, de anunciar que somos católicos, que Cristo es lo más importante en nuestras vidas. Cada día estamos dispuestos a renunciar a horas de sueño con tal de superar los exámenes a última hora, a recortar horas de descanso con tal de poder ir al gimnasio y lucir un cuerpo de escándalo, a vender nuestra alma al mundo con tal de no morir socialmente, pero la pregunta claves es: “¿a qué estoy dispuesto a renunciar por Cristo?; ¿a la imagen? ¿al trabajo? ¿a los hobbies? ¿a los amigos?” Y cuando nos interpelamos con esta cuestión, la respuesta, o su ausencia, colapsa las pocas neuronas que todavía nos funcionan, y uno se enfrenta al silencio que viene después.

Y coges un avión y a pocas horas de aquí te das cuenta de que hay cientos de miles de cristianos dispuestos a renunciar no solo a su vida sino a todo aquello en lo que nosotros hemos puesto nuestra seguridad y nuestra felicidad: casa, trabajo, ahorros, educación de los hijos, una vida tranquila, cómoda y mediocre… Y es entonces cuando uno se da cuenta del despropósito en el que vivimos.

Esos cristianos de Oriente Medio podrían renunciar a su Fe, esconderla, disimularla…y ese sería muchas veces su seguro de vida. Sus motivos para hacerlo serían de peso, se juegan mucho, ¡muchísimo!, el mundo no se lo tendría en cuenta, pero su Fe vale más que todo eso. Mientras tanto, en el “paraíso de la Libertad”, escondemos a Cristo y lo humillamos con tal de no hacer el ridículo, no queremos pasar vergüenza, nos da miedo ser los frikis de clase o del trabajo, perder la reputación o como muchísimo el trabajo. He aquí nuestros “motivos de peso”.

Pero el mejor ejemplo que nos dan no es su renuncia, es la sonrisa con la que se abandonan a los brazos del Señor, prueba fehaciente de su particular unión con el Creador.

Algún moderno-optimista-yupiguai dirá que esa sonrisa es voluntad, ver la vida de color rosa, con optimismo…¡tonterías! La ingente cantidad de papel que se gasta para imprimir libros de autoayuda solo sirve para hacer prender el fuego de la hoguera de San Juan y llenar los bolsillos a unos cuantos espabilados. Esas milongas, si a alguien consiguen engañar, nunca será durante mucho tiempo, a lo sumo unos meses. Pero en Siria, por ejemplo, los cristianos, después de 5 años de guerra, viviendo cada día fuera de sus casas, sin trabajo, con familiares muertos o desaparecidos y sin un futuro esperanzador a largo plazo, con una sonrisa y entre bromas te cuentan su calvario y te dicen –y atención ahora porque lo que viene es el quid de la cuestión- “¡nunca nos hemos sentido abandonados por Dios!” y he ahí la respuesta a todo. No nace de ellos, ni de su voluntad, ni de su optimismo, Dios les sostiene, como te sostiene a ti y a mí, aunque a veces no le damos la mano que nos tiende sino la espalda. Esa es la única explicación a su sonrisa después de tantos años de sufrimiento inimaginable.

Y este es el mensaje que estos cristianos de Irak, Siria, y tantos otros países, nos están dejando escrito con su sangre:

En esta vida solo hay una cosa que tiene sentido, morir por Cristo gota a gota o de una vez.

Y es que el mensaje de nuestra Salvación está escrito con sangre, sangre que resucita.

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